jueves, 12 de febrero de 2009

EL FIN DE UNA AGONÍA


«La han asesinado», repitieron varios dirigentes de la derecha italiana y el diario de la conferencia episcopal, 'Avvenire' (Porvenir), que además llamó al padre de Eluana «juez y verdugo». El primer ministro, Silvio Berlusconi, reiteró que había sido «condenada a muerte». «Ha sido un homicidio», zanjó el cardenal Saraiva Martins. Cosas así de duras repitieron la Iglesia italiana, el Vaticano y el Gobierno tras la muerte de Eluana Englaro, la mujer de 38 años que llevaba 17 en estado vegetativo irreversible y falleció tras serle retirada la alimentación artificial, con el aval de una sentencia del Tribunal Supremo.
Sobre este caso se han dicho estos días tales barbaridades, que hasta me cuesta escribir debido al embotellamiento de ideas que tengo en mente. Me pregunto: ¿los que no hemos pasado por esto, ¿sabemos del sufrimiento tan indecible que debe ser, contemplar a tu hija en un estado vegetativo irreversible durante diecisiete años? ¿Puede, ni siquiera, imaginar el Vaticano lo que es padecer, día tras día, semejante calvario con un hijo?
¿Por qué nadie del Gobierno ni del Vaticano, antes de pronunciarse en contra, no acudió a la llamada que hizo el padre de Eluana para que vieran el estado en el que se encontraba su hija? ¿Quizás por miedo a enfrentarse a una realidad demasiado evidente?
 
Lo que está claro es que esta cruzada en torno a Eluana ha sacado a la luz la incapacidad de la Jerarquía Católica para actuar piadosamente y dar testimonio cristiano, y la incapacidad de una clase política intolerante y un Berlusconi, que una vez más demuestra, como es habitual en él, el poco talento al declarar: "La amargura es grande por que la acción de gobierno no haya podido salvar una vida", cuando en realidad lo que hubiera hecho sería, alargar aún más la agonía.
 
Los avances médicos han supuesto una gran mejora para la salud, por supuesto, pero esos avances pueden servir también para alargar el proceso de la muerte. Por lo tanto, si a Eluana, a través de una alimentación artificial se le ha mantenido con vida durante diecisiete años, ¿se le puede llamar asesinato al hecho legítimo de permitir que por fin descanse en paz?
Espero que todas esas personas que, creyéndose en posesión de la verdad, han pisoteado la dignidad de ese padre, no se vean nunca en la misma circunstancia que él.
 
Maite García Romero
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Pulicado en El Plural; El Librepensador; Identidad Andaluza; LupaProtestante; y Fe Adulta.
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2 comentarios:

Juan Olea dijo...

Estimada Maite, enhorabuena por tu artículo es brillante como todos. Gracias por dejarme tu comentario. Un saludo cordial de tu habitual seguidor.

Anónimo dijo...

En torno a un caso de estas características -y ya llevamos otros tantos- siempre se abre un debate moral donde entran en encarnizada confrontación ideologías y pensamientos, casi siempre de carácter religioso. En cuanto a si es lícito o no privar a un ser humano, a pesar de hallarse en estado vegetativo irreversible, de un derecho básico como la alimentación, poco me importa ya que uno debe vivir un calvario semejante. Yo tengo mi opinión personal que la voy a omitir porque, insisto, no es relevante.
Pero la opinión que no me voy a guardar es la posición que han mantenido la Iglesia y los "ocultos sacerdotes rancios" de la derecha política italiana. Al leer sus comentarios sólo me vino y me ha vuelto a venir a la mente una valoración tan fría que hace estremecer: falta de piedad, como tú misma en el artículo has escrito.
Falta de piedad. La simple frase hace temblar, y más cuando es proferida por las bocas que representan el estandarte de la bondad aquí en el mundo.
Estos casos, desgraciadamente, hacen falta en nuestra sociedad. No para discutir sobre qué postura mantener en circunstancias semejantes sino para solidarizarse con el auténtico dolor humano, comprenderlo, porque son en estos momentos cuando los humanos nos dignificamos.
Dios -o la vida misma- no nos juzgará por si dejamos morir a nuestra hija de inanición con el fin de evitar su sufrimiento, sino por el amor hacia esa hija; no nos juzgará tampoco por mantenerla con vida hasta su muerte natural si hemos luchado de corazón, infatigablemente, para insuflarle todo el cariño posible que necesitaba postrada en una cama.
Evidentemente, Maite, en este artículo has dejado claro -quien quiera verlo- que hay algo más triste que estar vegetativo, y es no encontrar compasión en las almas de las personas.
Un saludo.